La justicia, que según la alegoría clásica es una mujer que sostiene una espada en una mano, lleva una balanza en la otra y tiene los ojos vendados, es –y debe ser– ciega. Según los hermeneutas mitológicos, esta imagen simbolizaba la ausencia de condicionantes que debía prevalecer a la hora de emitir cualquier sentencia. No está escrito en ningún sitio que también pueda ser contradictoria y voluble. Y, sin embargo, lo es. Basta ver el caso que esta semana ha obligado a dimitir –tras una imputación formal– al presidente de la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI), Vicente Fernández, un alto cargo de la Administración del Estado que, antes de acceder a este puesto, hizo una carrera triunfal como funcionario de élite en la Junta de Andalucía, pasando por distintas consejerías, empresas públicas y organismos como la Agencia Tributaria. Entre 2012 y 2016, durante los gobiernos de Susana Díaz, fue número tres del departamento de Energía, antes de ocupar la Intervención General, el órgano máximo de control económico de Andalucía.
Andalucía
La milonga de la estabilidad
Lo venimos oyendo desde la caída de Troya -el diciembre mítico del 2D- y lo vamos a volver a escuchar (mucho) en estas vísperas del 10N: los políticos indígenas -los de antes, los de ahora- entonan sin cesar una milonga alegre que afirma que vivimos en la mejor de las Marismas posibles porque aquí, al contrario de lo que ocurre en otros lares, contamos con un tesoro, un incunable, un lujo: la estabilidad institucional. ¡Ah, la estabilidad institucional, qué cosa más grande e indescriptible! ¿Y en qué consiste exactamente la estabilidad institucional, esa indudable maravilla? Pues básicamente en que ocupe la poltrona aquel que pronuncia esta frase. Nada más. Lo resumiremos a la manera de Flaubert: «La stabilité, c’est moi«.
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La amnistía de los parcelistas
Está escrito que en cualquier guerra la verdad es la primera víctima que cae en el campo de batalla. Lo asombroso -o quizás no tanto- es que en la Marisma las evidencias, que no son sino uno de todos los rostros posibles de los hechos, sean ajusticiadas sin descanso por tirios y troyanos, por susánidas y cofrades de Nuestro Señor del Santísimo Escabeche. Lo decimos porque no terminamos de comprender -y no es un problema nuestro- cómo el gobierno del Reverendísimo Bonilla se felicita -¡con trompetería de metales!- por su decisión de legalizar las 327.000 viviendas ilegales que existen en la República Indígena, construidas al margen de la ley por propietarios que sabían per-fec-ta-men-te el jardín umbrío en el que se metían.
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La ‘bomba racimo’ de los ERE
El otoño es la estación del año que se asocia al crepúsculo. Metafóricamente, según la cultura occidental, encarna ese inevitable periodo de decadencia con el que terminan todas las existencias, incluidas las de los grandes hombres públicos y también la de los privados, que, al menos en España, históricamente vienen a ser casi lo mismo, pues la distinción entre el espacio íntimo y el político nunca ha sido una virtud ibérica. Este otoño, que oficialmente comenzó en los postreros días de septiembre, está previsto que la Audiencia de Sevilla dicte por fin la sentencia de la pieza política de los ERE, que ha sentado en el banquillo a dos expresidentes de Andalucía –Chaves y Griñán– y a buena parte de la aristocracia del socialismo meridional, seis exconsejeros y trece altos cargos. La generación que gobernó Andalucía durante decenios y que tuvo en sus manos todo el poder posible en una autonomía de sesgo presidencialista que funcionaba como una corte absolutista del Antiguo Régimen.
‘Cernudiana’ con estrambote
Cualquier espectador medianamente culto que contemple la política indígena, cosa que tiene un indudable mérito, se topará con el famoso verso noveno del canto tercero de la Divina Comedia, donde Dante advierte a las almas en pena que se aproximan a las puertas del infierno que, a partir de ese instante, deben abandonar toda esperanza («Lasciate ogni speranza, voi ch’intrate«). No hay enunciado mejor para expresar el presente estado de cosas en la Marisma, donde los de ahora son como los de antes y los pretéritos se dedican, igual que hacían los nuevos purpurados, a jugar a la mosqueta en la oposición. No sé si se han fijado, pero llevamos meses sin ver ni en los consejos de gobierno (la misa solemnis de los martes) ni en los plenos de las Cinco Llagas (esa eucaristía con coro) rastro alguno de aquella hermosa idea de reformar la autonomía. ¿Se acuerdan? Nuestros gobernantes, no.
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El reformismo invisible de Cs
“Quod natura non dat, Salmantica non præstat”. Este proverbio latino está escrito (en piedra labrada) en la fachada de las escuelas menores de la universidad castellana, como un desafío del sentido común ante el espejismo –tan frecuente– que suele confundir los galardones y la púrpura (en este caso académica) con la verdadera sabiduría. No hay credencial que garantice la inteligencia, ni tampoco alta magistratura capaz de obrar el milagro del carisma natural. Especialmente en la política indígena, donde se le llama líder a un jefecillo de escuadra o se considera estadista a un presbítero de aldea. El carácter no se hereda ni depende de una votación parlamentaria. Se tiene o no se tiene. Es una ley infalible.
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