Es una tragedia silenciosa. Sin eco. Privada. El paro juvenil, igual de terrible que el ordinario, pero con un punto más intenso de nihilismo, ha subido en Sevilla por encima del 41%. Más de 131.000 jóvenes con menos de 35 años, que es la edad oficial a la que se deja de serlo a efectos administrativos, no encuentran un empleo. ¿Le importa a alguien? A ellos. Y a sus familias, sospecho. A los que no parece preocuparle mucho es a los políticos indígenas, que continúan dentro de su círculo endogámico. En la Junta se arropan con la bandera blanca y verde, como si la autonomía fuera un Estado menor. En la Plaza Nueva celebran como niños tontos el éxito de que haya mucha gente que se para a mirar las bombillas encendidas en la calle.
Economía
Zoido ‘returns’
Zoido vuelve. ¿Es que se había ido a algún sitio? En realidad, y pese a las apariencias, nunca había estado. El alcalde de Sevilla, que llegó al poder tras una campaña electoral perpetua de cinco años, no ha sabido ralentizar a tiempo la rueda política y, dos años y medio después de irrumpir en la Alcaldía con brío épico, se encuentra ahora con que tiene unas elecciones municipales a la vista –dentro apenas de un año largo– mientras deja detrás suya el fracaso mayúsculo de haber devuelto al PP andaluz en una posición secundaria dentro de la política autonómica. Toda una paradoja si se tiene en cuenta que Javier Arenas ganó las elecciones regionales, aunque sin mayoría suficiente para gobernar.
Sevilla se mueve
El término no es excesivamente afortunado. Pero es el que hay. Un mero calco del inglés. Disrupción: Dícese del proceso mediante el cual algo irrumpe de forma brusca en un determinado contexto produciendo un corte radical. En español existe como adjetivo pero aún no ha sido validado por la Academia como sustantivo. Es el mantra de moda en el mundo de los negocios tecnológicos, en los que algunos creen atisbar uno de los posibles rostros de la modernidad, aunque sus facciones no estén todavía excesivamente definidas.
Tiburones fuera del acuario
Sevilla es una ciudad anómala: hacemos obras innecesarias sólo para presumir de nuestro ego y tardamos lustros, cuando no décadas, en arreglar las cosas realmente importantes. Un claro síntoma de locura o de ineficacia, según se mire. Un ejemplo es el nuevo acuario que se va a inaugurar definitivamente el próximo año. El proyecto original data de hace trece anualidades y todavía no está terminado por completo. Que una ciudad tarde casi década y media en sacar adelante un equipamiento de esta índole –privado y recreativo– permite hacerse una idea de la capacidad de la sociedad sevillana para llevar a buen puerto iniciativas turísticas. Una tortuga hubiera llegado antes al destino.
La doble moral
Estar parado, además de ser una desgracia, se ha convertido en un estigma. Que a uno lo despidan carga toda la responsabilidad de la situación en la víctima, en lugar de hacerlo sobre el verdugo. Perdónenme la crudeza, pero una resolución de contrato –como llaman los abogados de empresa a un despido– viene a ser como un funeral: hay un muerto (tú), un verdugo que, como en las películas de Berlanga, dice que lo siente mucho pero es su oficio, y un largo duelo que abarca a los familiares y a los amigos (que a partir de entonces te queden).
Bajada de impuestos, incertidumbre electoral
La desesperación hace milagros. Zoido (Juan Ignacio) ha decidido que su tercer año de mandato (ya no podemos decir triunfal, aunque así empezase) va a baja los impuestos a los sevillanos. Aleluya, dirá alguno. Conviene tener prudencia: la rebaja fiscal anunciada esta semana por el alcalde hispalense puede ser más relativa de lo que se augura en función de lo que haga el Estado central con el resto de sus figuras tributarias. A la espera de ver en qué queda la cosa, los datos oficiales indican que el descenso general en este tributo local será el próximo año de un 13%, lo que se traduce en un ahorro teórico de 52 euros al año en la factura del IBI. El impacto que esta decisión tendrá en las arcas municipales asciende a 33 millones de euros.
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